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Paul D. Coverdell World Wise Schools

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Pablo Mágico

Magic Pablo (Spanish version)

Region
Central America and Mexico, Guatemala
Type
Personal Essay

 

A Pablo y a mí nos gustaba jugar "imaginemos". Caminábamos calle abajo, llevando una pelota de básquetbol bajo el brazo. Las nubes se aconglomeraban en el este, como solían hacerlo temprano por la mañana. Una ligera llovizna, un chipi-chipi como le llamaban los del pueblo, caía.

"Imaginemos," decía Pablo, "que Michael Jordan estuviera caminando con nosotros. Él sonreía. "¿Qué diría esta gente?" preguntaba, señalando a la mujer de corte azul obscuro con un huipil blanco, traje típico de este pueblo en las montañas del norte de Guatemala. "¿Qué harían?"

"Ellos se asombrarían" decía yo. Ellos no sabrían qué hacer.

Pablo estaba de acuerdo conmigo. "Probablemente correrían, pero nosotros seguiríamos caminando calle abajo, nosotros tres, hacia la cancha de básquetbol."

Entonces Pablo preguntaba, "¿Y cómo dividiríamos los equipos?"

"Michael Jordan contra nosotros dos."

Pablo lo consideraba por un momento. "No," decía, "serías tú y Michael Jordan contra mí."

Pablo tenia 16 años cuando lo conocí, otra cara indistinguible entre los 45 estudiantes de mi clase de inglés.

Yo tenía 25 años cuando llegué de voluntario por parte del Peace Corps a Santa Cruz Verapaz, un pueblo de 4,000 personas. Yo me había preparado para estar solo durante mis dos años de servicio. Imaginé que ésta sería mi manera de vivir: un sacrificio silencioso. En ningún momento pensé hacer amigos la primera noche en el pueblo.

Pero la noche, después de mi primera clase de inglés, Pablo llegó a tocar a mi puerta. Lo pasé adelante, él entró, mirando tímidamente a su alrededor. En la mesa del comedor, vio una revista de Sports Illustrated que mi padrastro me había mandado. Señaló a la foto de la portada.

"Robert Parish," dijo. "El Jefe."

Resulta que Pablo sabía tanto del básquetbol y de la NBA (liga nacional de básquetbol estadounidense) como yo, y yo había sido escritor de deportes anteriormente.

Yo no sé de dónde había obtenido toda su información. El Gráfico, el único periódico de la capital, se vendía diariamente en nuestro pueblo, pero raramente contenía artículos sobre el básquetbol estadounidense. Un canal de televisión mexicano que llegaba hasta Santa Cruz presentaba juegos de la NBA los sábados por la mañana, pero la electricidad del pueblo era muy impredecible—ocasionalmente se iba por tres o cuatro días seguidos—por lo que yo me preguntaba cuántos de estos juegos él podía haber visto. Pablo parecía saberlo todo y se había familiarizado no solamente con Robert Parish y los demás jugadores estrellas, sino que podía hablar acerca de jugadores tramposos como Chris Dudley y Jerome Kersey como si fuera un experto reportero de la NBA.

Pablo venía a mi casa en las noches y escogíamos nuestros equipos imaginarios. A Pablo le gustaban los jugadores extranjeros. Hakeem Olajuwon era su favorito. También le gustaba Mark Aguirre porque había oído que su padre había nacido en México. Dikembe Mutombo. Manute Bol. Drazen Petrovic. Siempre escogía primero a estos jugadores, cuando seleccionábamos nuestros equipos imaginarios.

Yo no entendía. ¿Por qué escogía él a Vlade Divac en lugar de a Charles Barkley? Conforme se extendía mi estancia en Guatemala, fui capaz de irlo entendiendo mejor.

La presencia estadounidense en Guatemala era tan sutil como una volcada (slam dunk) de Shaquile O'neal. Pepsi® cubría por completo la fachada de los establecimientos con su logotipo y la cancha de baloncesto en Santa Cruz estaba pintada con propaganda de Coca Cola®, incluyendo los tableros. En lugares remotos los niños vestían camisetas de los "Ninja Turtles."

Nosotros teníamos largas discusiones acerca de quién era el mejor jugador de la NBA, Hakeem Olajuwon vs. Michael Jordan, Hakeem vs. Magic Jonson.

Pablo siempre apoyaba a sus jugadores predilectos.

Jugábamos baloncesto en la cancha que quedaba cerca de donde pastaban las vacas. Pablo era más alto que Muggsy Bogues pero más bajo que Spud Webb, los dos, jugadores de la NBA. Cuando jugamos por primera vez, yo podía empujarlo con mi cuerpo y acorralarlo cerca de la canasta. Si yo no encestaba, era lo suficientemente alto para robar los rebotes del balón contra el tablero. En juegos de 21 puntos, le ganaba a Pablo por 9, 11 o 13 puntos.

Pablo fue el primero en contarme acerca de Magic Jonson. Vino a mi casa una vez muy entrada la noche.

"¿Qué pasa?" le pregunté.

Estaba cabizbajo.

"¿Qué pasa?"

Levantó la mirada y aunque no estaba llorando parecía que lo necesitaba estar. Dijo, "Magic tiene el virus del SIDA."

Lloramos juntos. Sintiéndose algo sentimental, Pablo admitió, "Puede que Magic sea mejor que Hakeem."

Pablo soñaba con clavar el balón en la canasta en una volcada (slam dunk). Calculamos cuántos metros necesitaría saltar y decidimos que él necesitaba saltar cerca de 1.22m. (4 pies).

Pablo organizó un plan de entrenamiento, saltaba dos horas diarias para fortalecer las piernas. Todos los días Pablo le pedía a su hermano que se agachase, y saltaba por encima de él, hacia atrás y hacia delante, por media hora.

Dos semanas después, Pablo vino a mi casa y me pidió que preparara un obstáculo en mi patio para que él pudiera saltar. Yo coloqué una silla encima de otra, y un metro al lado, otras dos sillas. Coloqué una escoba arriba de las sillas y lo medimos: La escoba estaba a 1.22 m del suelo.

"Lo voy a brincar," dijo Pablo.

"¿Estás seguro?" le pregunté.

"Sí, estoy seguro."

Nos quedamos parados, mirando la escoba.

"¿Estás seguro?" le pregunté otra vez.

"Estoy seguro."

Continuábamos mirando.

Entonces él retrocedió, dio unos pasos rápidos, y saltó. Sus rodillas encogidas al pecho. Saltó sobre la escoba como una rana.

"¡Lo lograste!" le grité.

"¡Ahora podré clavar la bola!" dijo sonriendo.

La mañana próxima fuimos a la cancha de baloncesto. Pablo dribló el balón desde la media cancha y saltó. El balón rebotó en el aro metálico de la canasta. Lo intentó otra vez, con el mismo resultado.

"No lo puedo entender," dijo.

Yo no tuve corazón para admitir que lo había engañado: para clavar, él tendría que saltar 1.22 metros sin doblar las rodillas.

Como jugador, Pablo estaba mejorando, tal vez no podría volcar, pero había aprendido a usar su rapidez para adelantar y encestar. Se había fortalecido. Yo no podía empujarlo hacia atrás o acorralarlo tan fácilmente como antes.

También, había desarrollado un tiro de salto directo a la canasta.

"Imaginemos," me decía Pablo, "que David Robinson viniera a visitarnos."

"Muy bien," decía yo.

"¿Dónde se hospedaría?

"No lo sé, probablemente en un hotel."

"No," decía Pablo, "se hospedaría en tu casa. Tú lo dejarías dormir en tu cama.

"Sí, eso sería mucho mejor."

"Y tú le cocinarías."

"¡Por supuesto!"

"Y por la noche," decía Pablo, "nos sentaríamos a platicar de baloncesto."

Pablo no era el mejor de mis estudiantes. Estaba más interesado en baloncesto que en los libros, pero sabía cómo hacer reír a su maestro.

Una vez faltó a un examen y yo le permití tomarlo después obligándolo a escribir cinco oraciones, las que fueran, en inglés. Él escribió:

  1. Charles Barkley cantó una canción en mi casa.
  2. Yo le gané a Patrick Ewing en volcar.
  3. Yo le gané a David Robinson en el bloqueo.
  4. Hakeem Olajuwon es mi hermano.
  5. Magic y Pablo son los mejores amigos de Mark.

Pese a su interés por el baloncesto el deporte donde Pablo brillaba era el fútbol. Jugaba para el equipo de San Pedro Carchá, un pueblo cercano. Todos conocían a Pablo por sus jugadas, su rápido control del balón y por sus buenos pases. Era defensa, no delantero.

Había visto varios de los juegos de Pablo y había visto sus hermosos pases, maravillosos pases que parecían tocar el cielo, los cuales sus compañeros de equipo pateaban a la portería para anotar goles.

Mi última semana de voluntario del Peace Corps en Guatemala, asistí al juego del equipo de Pablo contra el de San Cristóbal, otro pequeño pueblo a nueve kilómetros de Santa Cruz. El juego estaba empatado 1-a-1 en los últimos minutos. El equipo de Pablo tenía que hacer un tiro de esquina; la multitud de casi mil, estaba silenciosa.

El balón se elevó por los aires, una masa de jugadores incluyendo a Pablo, corrió a encontrarlo. Pablo brincó, su cuerpo despegó como un cohete espacial, su tiempo fue perfecto, su cabeza hizo contacto con el balón y éste salió volando pasando por encima del portero logrando un gol.

Los compañeros de equipo de Pablo lo llevaron de hombros celebrando por todo el campo. La multitud, como era costumbre, le daba dinero.

Cuando le hablé después del partido, no hubo necesidad de aclarar por qué había sido capaz de brincar tan alto. Él mismo lo dijo: "Fue el baloncesto, lo aprendí del baloncesto, por tratar de clavar el balón en la canasta."

Jugamos nuestro último partido un día antes de irme de Guatemala, jugamos hasta el anochecer, caía un chipi-chipi.

Él había aprendido a jugar defensa. Traté de empujarlo y acorralarlo cerca de la canasta pero él se mantuvo firme, me vi forzado a usar una jugada inexperta de salto y tiro. No me era posible quitarle el balón cada vez que rebotaba del tablero, pues él había aprendido a bloquearme y por supuesto, ahora podía brincar.

Tuve suerte y logré encestar dos salto y tiros consecutivos dándome una ventaja de cuatro puntos, pero él contra-atacó con una puesta del balón en el aire mientras daba la vuelta y encestaba y encestó una vez más con un salto largo, un salto que él nunca hubiera podido haber hecho cuando habíamos jugado por primera vez.

Caía un aguacero, se empezaban a formar charcos por toda la cancha, Pablo y yo nos encontrábamos ya sin aliento, empezaba a obscurecer y difícilmente podíamos ver la canasta.

"Dejémoslo aquí," dije. "dejémoslo así como está."

"Si tú lo deseas," dijo él.

"Sí, dejémoslo así como está, un empate."

"Muy bien," dijo él, "un empate, bueno, dejémoslo así."

Nos abrazamos.

"Imaginemos," dijo Pablo, mientras caminábamos hacia mi casa por última vez, "que tú y yo jugáramos contra Michael Jordan. ¿Quién ganaría?"

"Jordan," dije yo. "No," dijo Pablo, "ganaríamos nosotros, créeme, ganaríamos nosotros."

About the Author

Mark Brazaitis

served as a Peace Corps Volunteer in the small town of Santa Cruz Verapaz, Guatemala, from 1991 to 1993.

As a Peace Corps Volunteer, Brazaitis taught English to high school students and trained local farmers in the use of advanced agricultural techniques. The author of the widely acclaimed The River of Lost Voices: Stories From Guatemala, Brazaitis received the 1998 Iowa Short Fiction Award. He was a National Endowment for the Arts Fellow, and his stories, poems, and essays have appeared in the Sun, Notre Dame Review, Atlanta Review, Western Humanities Review, Beloit Fiction Journal, Shenandoah, and other literary journals. His writing has also appeared in the Washington Post and the Detroit Free Press. Brazaitis teaches English at West Virginia University.

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