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Paul D. Coverdell World Wise Schools

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Dos Veces en Mi Vida

Twice in My Life (Spanish Version)

Region
South America, Colombia
Type
Personal Essay

 

El Medellín que yo conozco nunca ha sido como el de los titulares propagados alrededor del mundo en los últimos diez años. La cordial "ciudad de la eterna primavera," la capital del departamento de Antioquia que tanto llegué a querer, donde viví en los sesentas por dos años de voluntaria del Peace Corps, se ha trasformado en un símbolo violento y sanguinario del tráfico de drogas ilícitas—donde las bombas y los secuestros han sustituido el catolicismo conservador y la gran reputación que los antioqueños habían mantenido por su fervor empresarial.

Hoy en día la situación en Medellín es terrible: el Departamento del Estado de EE.UU. recomienda a los estadounidenses no viajen a ninguna parte de Antioquia por razones de seguridad personal. Las guerrillas atacan especialmente a los periodistas. Mi ex novio colombiano quien había llegado a ser senador, fue asesinado en 1989 cuando se negó a ceder un pedazo de su terreno al líder de la guerrilla. En medio de esta confusión sólo podía soñar con volver a Medellín para visitar donde había trabajado para el Peace Corps y para ver la escuela que yo había ayudado a construir.

Mis recuerdos, por supuesto, eran vívidos. Un domingo, una banda dramática de cinco hombres a caballo que llevaban sombreros de gaucho negros y ruanas tradicionales de lana llegaron a tocar mi puerta del barrio. Ellos llevaban un caballo adicional para mí. Nos dirigimos hacia las montañas y marchamos cinco kilómetros hasta llegar a una comunidad aislada de campesinos en una vereda llamada Aguas Frías. La gente allí necesitaba una escuela.

Varios domingos después nosotros comenzamos con una jornada de trabajo en la comunidad. Formamos una cadena humana y juntos tiramos piedras por la ladera de la montaña para limpiar el terreno. Un año después ya había un edificio de ladrillo. El día de la dedicación me sorprendieron con un letrero escrito a mano, en el cual decía: Escuela Marina Orth.

Yo no había visto la escuela desde 1979. Entonces, de repente me llegó una invitación de la nada de los «Amigos de Colombia». Pensé que esta vez debería ir. En el otoño de 1995 formé parte de una gira oficial de buena voluntad a Colombia. El embajador de Colombia invitó gentilmente a la primera docena de voluntarios del Peace Corp en Colombia, a la cual yo pertenecía, a visitar cuatro ciudades. Medellín no estaba en el itinerario, pero fácilmente podría ir allí por cuenta propia. Las cosas se habían calmado, me dijeron, ya que el narcotraficante más famoso del mundo, Pablo Escobar, había sido asesinado.

Entonces algo curioso pasó: comencé a sentir un profundo miedo a mis propias emociones. Ni siquiera podía pensar en regresar a Medellín sin que las emociones se apoderaran de mí. Tantos recuerdos de personas específicas y del majestuoso paisaje andino empezaron a llenarme; sin siquiera mencionar el español, la música, la libertad de galopar a caballo con la hierba alta hasta los hombros. Claro que en aquellos días nosotros le llamábamos selva al bosque tropical. Había familias de 15 a 20 niños y a las niñas buenas se les cortejaba a través de ventanas enrejadas; el joven no tenía permitido entrar hasta que se le declarara. ¿Qué pasaría si lo que viera ahora me rompiera el corazón? Todos conocíamos la cultura detalladamente; teníamos un sentido de identificación tan fuerte con un país totalmente diferente al nuestro. En ese entonces yo era tan joven, aún así, no le tenía miedo a nada—ni a vivir sola en un barrio que se consideraba peligroso, ni a la estructura rígida que parecía mantener a mis vecinos atrapados en un camino de pobreza sin salida, y ciertamente no a las normas y los reglamentos del Peace Corps. La arrogancia de la juventud-¡déjennos hacer nuestro trabajo en paz!

Aproximadamente un mes antes que yo llegara, le escribí una carta a la señora directora de la escuela de Aguas Frías. Una amiga que vivía en la ciudad me hizo el favor de ir a entregársela. Ella había podido llegar en carro, me dijo- ya habían pavimentado el camino y ya no era necesario ir a caballo.

Ni siquiera reconocí mi viejo barrio, Las violetas. Antes había que cruzar un arroyo cuyas aguas llegaban hasta la mitad de las llantas del autobús para poder subirse; hoy en día el arroyo se ha secado y el barrio está más lleno de gente y de carros- ¡carros!- ya no se ve tan pobre, sino luce como un típico barrio de clase media colombiana, la extensión de una zona más próspera que antes solo era a unos kilómetros de distancia.

A medida que subíamos por el camino era reconfortante ver los elevados Andes que nos rodeaban. Entre más alto subíamos, más tranquila me sentía. Al menos el color verde oscuro de las montañas no había cambiado. Luego dimos una curva y comenzó el día mágico. Dos pequeños colegiales sonrientes con sus uniformes nuevos estaban en el camino para darme la bienvenida con banderas de Colombia hechas de papel.

Nos estacionamos y ellos corrieron por delate para guiarme por las empinadas gradas (otra innovación) hasta el corte en la montaña donde se había construido la escuela.- ¡Ahí viene ella!- gritaban. En el último peldaño, con lágrimas y ocultando su rostro con su falda, estaba mi vecina de enfrente del barrio, Doña Mariela-madre de 15 hijos, abuela de 40 nietos, viuda ahora y vivía cerca de la escuela. De igual manera, comencé a llorar mientras la abrazaba, la primera de muchas lágrimas de ese día.

La escuela se veía fantástica. Le habían añadido un segundo piso, macetas de flores tropicales colgaban desde el pasillo superior, y justo abajo, sobre la pared frontal estaba un letrero grande de metal que había sido donado por una empresa local de bebidas gaseosas que decía: Escuela Marina Orth. Junto al letrero había otro escrito a mano: «Bienvenida a casa». En vez de 35 alumnos en dos salones de clase como yo recordaba de los años sesenta, ahora había 120 niños de primero a quinto. Estaba sorprendida y no estaba preparada para recibir este homenaje de seis-horas.

Poco a poco, los hombres y mujeres que había conocido y con quienes había trabajado tímidamente vinieron de las esquinas y detrás de los pilares para saludarme. Me trajeron limones de sus jardines. Me hablaron de nacimientos y muertes, y me invitaron a sus casas. Lo que más me emocionó fue escuchar que algunos de los niños de la escuela habían ido a la universidad y ahora ya eran profesionales trabajando en Medellín, casi un sueño inconcebible en aquel entonces. Ellos exclamaron entusiasmados y tomaron las fotos de mi familia que había traído para mostrarles.

Entonces vi a Luis Eduardo, el humilde, presidente de acción comunitaria de la vereda, quien con su voz suave era el co-fundador de la escuela. Una foto que nos habían tomado juntos hace casi 30 años salió a luz, ahora estaba casi destrozado. ¿Cuántas veces habíamos viajado Luis Eduardo y yo juntos a la ciudad para tocar las puertas del gobierno para pedir ladrillos y mortero? Él era tan persistente que había sido contratado por la ciudad de Medellín para trabajar en la oficina de construcción de escuelas, lo cual había significado un gran paso para su familia.

Los niños, se miraban felices, estaban afuera enfilándose para alzar la bandera y cantarme el himno nacional de Colombia y el de Antioquia. La directora me obsequió un hermoso arreglo de orquídeas, lirios y rosas, y dio un discurso formal para presentarme. Estando los niños parados rectos, anunció un programa de 12 actos en mi honor además de un almuerzo, una serenata, un brindis y una misa. Yo estaba de pie, pero sentí que debía sentarme. El momento era surrealista. Me parecía como si pudiera tocar el otro lado de la montaña. El valle poblado de Medellín se expandía más abajo pero yo estaba rodeada de estos hermosos niños que me honraban en la escuela que llevaba mi nombre. ¿Realmente estaba en este exótico lugar, este viernes soleado y fresco, por la mañana, tan lejos del resto de mi vida? Echaba de menos mi familia y deseaba poder compartir esto con ellos. Pese a ello, me sentía en casa.

Al final, la misa en este lugar fue sencilla y emotiva, celebrada por un sacerdote joven con sotana blanca, en un altar improvisado al aire libre, enfrente de la escuela. La misa fue para mí, la parte más importante del día. La fe de la gente sigue siendo fuerte e yo siendo católica, sentía un lazo especial con ellos, con el hecho de que los niños vinieran a tocar mi mano para desearme la paz, y tomar la Sagrada Comunión con ellos.

Traté de dar mi quinto discurso de agradecimiento y dije a la congregación que la idea general del Peace Corps era plantar la semilla para que la comunidad pudiera seguir adelante así como lo habían hecho. Ese fue mi agradecimiento sincero; que habían perseverado. Cuando me iba, me di cuenta de que al menos una vez en mi vida, cuando era joven, entusiasta y había hecho mi trabajo, realmente había logrado algo de lo cual tanto mi país como mi familia podían estar orgullosos. Y dos veces en mi vida, Peace Corps y el pueblo de Colombia me habían brindado mucho más de lo que yo hubiera imaginado.

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